miércoles, 19 de diciembre de 2012

  Alí Babá y los cuarenta ladrones
Había una vez un señor que se llamaba Alí Babá y que tenía un hermano que se llamaba Kassim. Alí Babá era honesto, trabajador, bueno, leñador y pobre. Kassim era deshonesto, haragán, malo, usurero y rico. Alí Babá tenía una esposa, una hermosa criada que se llamaba Luz de la Noche, varios hijos fuertes y tres mulas. Kassim tenía una esposa y muy mala memoria, pues nunca se acordaba de visitar a sus parientes, ni siquiera para preguntarles si se encontraban bien o si necesitaban algo. En realidad no los visitaba para que no le salieran pidiendo algo.
Un día en que Alí Babá estaba en el bosque cortando leña oyó un ruido que se acercaba y que se parecía al ruido que hacen cuarenta caballos cuando galopan. Se asustó, pero como era curioso, trepó a un árbol.

Espiando, vio que eran, efectivamente, cuarenta caballos. Sobre cada caballo venía un ladrón, y cada ladrón tenía una bolsa llena de monedas de oro, vasos de oro, collares de oro y más de mil rubíes, zafiros, ágatas y perlas. Delante de todos iba el jefe de los ladrones.

Los ladrones pasaron por debajo de Alí Babá y se frenaron frente a una gran roca que tenía, más o menos, como una cuadra de alto y que era completamente lisa. Entonces el jefe de los ladrones gritó a la roca:

—¡Sésamo: ábrete!

Se oyó un trueno y la roca, como si fuera un sésamo, se abrió por el medio mientras Alí Babá casi se cayó del árbol por la emoción. Los ladrones entraron por la abertura de la roca con caballos y todo, y una vez que estuvieron dentro el jefe gritó:

—¡Sésamo: ciérrate! —Y la roca se cerró.

«Es indudable —pensó Alí Babá sin bajar del árbol— que esa roca completamente lisa es mágica y que las palabras pronunciadas por el jefe de los ladrones tienen el poder de abrirla. Pero más indudable todavía es que dentro de esa extraña roca tienen esos ladrones su escondite secreto donde guardan todo lo que roban». Y enseguida se oyó otra vez un gran trueno y la roca se abrió. Los ladrones salieron y el jefe gritó:

—¡Sésamo: ciérrate! —La roca se cerró y los ladrones se alejaron a todo galope, seguramente para ir a robar en algún lado. Cuando se pedieron de vista, Alí Babá bajó del árbol.

«Yo también entraré en esa roca —pensó—. El asunto será ver si otra persona, pronunciando las palabras mágicas, puede abrirla». Entonces, con todas las fuerzas que tenía, gritó:

—¡Sésamo: ábrete! —Y la roca se abrió.

Después de tardar lo que se tarda en parpadear, se lanzó por la puerta mágica y entró. Una vez dentro, se encontró con el tesoro más grande del mundo.

—¡Sésamo: ciérrate! —dijo después. La roca se cerró con Alí Babá dentro y él, con toda tranquilidad, se ocupó de meter en una bolsa una buena cantidad de monedas de oro y rubíes. No demasiado, lo suficiente como para asegurarse la comida de un año y tres meses.
Después dijo:

—¡Sésamo: ábrete! —La roca se abrió y Alí Babá salió con la bolsa al hombro, tras lo cual añadió—: ¡Sésamo: ciérrate! —Y la roca se cerró y él volvió a su casa, cantando de alegría. Pero cuando su esposa lo vio entrar con la bolsa se puso a llorar.

—¿A quién le robaste eso? —gimió la mujer.

Y siguió llorando. Pero cuando Alí Babá le contó la verdadera historia, la mujer se puso a bailar con él.

—Nadie debe enterarse que tenemos este tesoro —dijo Alí Babá—, porque si alguien se entera querrá saber de dónde lo sacamos, y si le decimos de dónde lo sacamos querrá ir también él a esa roca mágica, y si va puede ser que los ladrones lo descubran, y si lo descubren terminarán por descubrirnos a nosotros. Y si nos descubren a nosotros nos cortarán la cabeza. Enterremos todo esto.

—Antes contemos cuántas monedas y piedras preciosas hay —dijo la mujer de Alí Babá.

—¿Y terminar dentro de diez años? ¡Nunca! —le contestó Alí Babá.

—Entonces pesaré todo esto. Así sabré, al menos aproximadamente, cuánto tenemos y cuánto podremos gastar —dijo la mujer. Y agregó—: Pediré prestada una balanza.

Desgraciadamente, la mujer de Alí Babá tuvo la mala idea de ir a la casa de Kassim y pedir prestada la balanza. Kassim no estaba en ese momento, pero sí su esposa.

—¿Y para qué quieres la balanza? —le preguntó la mujer de Kassim a la mujer de Alí Babá.

—Para pesar unos granos —contestó la mujer de Alí Babá.

«¡Qué raro! —pensó la mujer de Kassim—. Éstos no tienen ni para caerse muertos y ahora quieren una balanza para pesar granos. Eso sólo lo hacen los dueños de los grandes graneros o los ricos comerciantes que venden granos».

—¿Y qué clase de granos vas a pesar? —le preguntó la mujer de Kassim después de pensar lo que pensó.

—Pues granos... —le contestó la mujer de Alí Babá.

—Voy a prestarte la balanza —le dijo la mujer de Kassim.

Pero antes de prestársela, y con todo disimulo, la mujer de Kassim untó con grasa la base de la balanza.

«Algunos granos se pegarán en la grasa, y así descubriré qué estuvieron pesando realmente», pensó la mujer de Kassim.

Alí Babá y su mujer pesaron todas las monedas y las piedras preciosas. Después devolvieron la balanza. Pero un rubí había quedado pegado a la grasa.

—De manera que éstos son los granos que estuvieron pesando —masculló la mujer de Kassim—. Se lo mostraré a mi marido.

Y cuando Kassim vio el rubí, casi se muere del disgusto.

Y él, que nunca se acordaba de visitar a Alí Babá, fue corriendo a buscarlo. Sin saludar a nadie, entró en la casa de su hermano en el mismo momento en que estaban por enterrar el tesoro.

—¡Sinvergüenzas! —gritó—. Ustedes siempre fueron unos pobres gatos. Díganme de dónde sacaron ese maravilloso tesoro si no quieren que los denuncie a la policía.

Y se puso a patalear de rabia. Alí Babá, resignado, comprendió que lo mejor sería contarle la verdad.

—Mañana mismo iré hasta esa roca y me traeré todo a mi casa —dijo Kassim cuando terminaron de explicarle.

A la mañana siguiente, Kassim estaba frente a la roca dispuesto a pronunciar las palabras mágicas. Había llevado doce mulas y veinticuatro bolsas; tanto era lo que pensaba sacar.

—¿Qué era lo que tenía que decir? —se preguntó Kassim—. Ah, sí, ahora recuerdo... Y muy emocionado exclamó—: ¡Sésamo: ábrete!

La roca se abrió y Kassim entró. Después dijo «Sésamo: ciérrate», y la roca se cerró con él dentro.

Una hora estuvo Kassim parado frente a las montañas de moneda de oro y de piedras preciosas.

«Aunque tenga que venir todos los días —pensó—, no dejaré la más mínima cosa de valor que haya aquí. Me lo voy a llevar todo a mi casa». Y se puso a morder las monedas para ver si eran falsas. Después empezó a elegir entre las piedras preciosas. «Aunque me las llevaré todas, es mejor que empiece por las más grandes, no vaya a ser que por h o por b mañana no pueda venir y me quede sin las mejores». La elección le llevó unas cinco horas. Pero en ningún momento se sintió cansado. «Es el trabajo más hermoso que he hecho en mi vida. Gracias al tonto de mi hermano, me he convertido en el hombre más rico del mundo». Y cuando cargó las veinticuatro bolsas se dispuso a partir.

—¿Qué era lo que tenía que decir? —se preguntó—. Ah, sí, ahora recuerdo... —Y muy emocionado dijo—: Alpiste: ábrete.

Pero la roca ni se movió.

—¡Alpiste: ábrete! —repitió Kassim.

Pero la roca no obedeció.

—Por Dios —dijo Kassim—, olvidé el nombre de la semilla. ¿Por qué no lo habré anotado en un papelito?

Desesperado, empezó a pronunciar el nombre de todas las semillas que recordaba: «Cebada: ábrete»; «Maíz: ábrete»; «Garbanzo: ábrete». Al final, totalmente asustado, ya no sabía qué decir: «Zanahoria: ábrete»; «Coliflor: ábrete»; «Calabaza: ábrete». Hasta que la roca se abrió. Pero no por Kassim sino por los cuarenta ladrones que regresaban. Y cuando vieron a Kassim, le cortaron la cabeza.

—¿Cómo habrá entrado aquí? —preguntó uno de los ladrones.

—Ya lo averiguaremos —dijo el jefe—. Ahora salgamos a robar otra vez.

Y se fueron a robar, después de dejar bien cerrada la roca.

Pero Alí Babá estaba preocupado porque Kassim no regresaba. Entonces fue a buscarlo a la roca.

Dijo «Sésamo: ábrete», y cuando entró vio a Kassim muerto. Llorando, se lo llevó a su casa para darle sepultura. Pero había un problema: ¿qué diría a los vecinos? Si contaba que Kassim había sido muerto por los ladrones se descubriría el secreto, y eso, ya lo sabemos, no convenía.

—Digamos que murió de muerte natural —dijo Luz de la Noche.

—¿Cómo vamos a decir eso? Nadie se muere sin cabeza —dijo Alí Babá.

—Yo lo resolveré —dijo Luz de la Noche, y fue a buscar a un zapatero.

Camina que camina, llegó a la casa del zapatero.

—Zapatero —le dijo—, voy a vendarte los ojos y te llevaré a mi casa.

—Eso nunca —le contestó el zapatero—. Si voy, iré con los ojos bien libres.

—No —repuso Luz de la Noche. Y le dio una moneda de oro.

—¿Y para qué quieres vendarme los ojos? —preguntó el zapatero.

—Para que no veas a dónde te llevo y no puedas decir a nadie dónde queda mi casa —dijo Luz de la Noche, y le dio otra moneda de oro.

—¿Y qué tengo que hacer en tu casa? —preguntó el zapatero.

—Coser a un muerto —le explicó Luz de la Noche.

—Ah, no —dijo el zapatero—, eso sí que no —y tendió la mano para que Luz de la Noche le diera otra moneda.

—Está bien —dijo el zapatero después de recibir la moneda—, vamos a tu casa.

Y fueron. El zapatero cosió la cabeza del muerto, uniéndola. Y todo lo hizo con los ojos vendados. Finalmente volvió a su casa acompañado por Luz de la Noche y allí se quitó la venda.

—No cuentes a nadie lo que hiciste —le advirtió Luz de la Noche.

Y se fue contenta, porque con su plan ya estaba todo resuelto. De manera que cuando los vecinos fueron informados de que Kassim había muerto, nadie sospechó nada.

Y eso fue lo que pasó con Kassim, el malo, el haragán, el de mala memoria. Pero resulta que los ladrones volvieron a la roca y vieron que Kassim no estaba. Ninguno de los ladrones era muy inteligente que digamos, pero el jefe dijo:

—Si el muerto no está, quiere decir que alguien se lo llevó.

—Y si alguien se lo llevó, quiere decir que alguien salió de aquí llevándoselo —dijo otro ladrón.

—Pero si alguien salió de aquí llevándoselo, quiere decir que primero entró alguien que después se lo llevó —dijo el jefe de los ladrones.

—¿Pero cómo va a entrar alguien si para entrar tiene que pronunciar las palabras mágicas secretas, que por ser secretas nadie conoce? —dijo otro ladrón.

Después de cavilar hasta el anochecer, el jefe dijo:

—Quiere decir que si alguien salió llevándose a ese muerto, quiere decir que antes de salir entró, porque nadie puede salir de ningún lado si antes no entra. Quiere decir que el que entró pronunció las palabras secretas.

—¿Y eso qué quiere decir? —preguntaron los otros treinta y nueve ladrones.

—¡Quiere decir que alguien descubrió el secreto! —contestó el jefe.

—¿Y eso qué quiere decir? —preguntaron los treinta y nueve.

—¡Que hay que cortarle la cabeza!

—¡Muy bien! ¡Cortémosela ahora mismo!

Y ya salían a cortarle la cabeza cuando el jefe dijo:

—Primero tenemos que saber quién es el que descubrió nuestro secreto. Uno de ustedes debe ir al pueblo y averiguarlo.

—Yo iré —dijo el ladrón número treinta y nueve. (El número cuarenta era el jefe).

Cuando el ladrón número treinta y nueve llegó al pueblo, pasó frente al taller de un zapatero y entró. Dio la casualidad de que era el zapatero que ya sabemos.

—Zapatero —dijo el ladrón número treinta y nueve—, estoy buscando a un muerto que se murió hace poco. ¿No lo viste?

—¿Uno sin cabeza? —preguntó el zapatero.

—El mismo —dijo el ladrón número treinta y nueve.

—No, no lo vi —dijo el zapatero.

—De mí no se ríe ningún zapatero —dijo el ladrón—. Bien sabes de quién hablo.

—Sí que sé, pero juro que no lo vi.

Y el zapatero le contó todo.

—Qué lástima —se lamentó el treinta y nueve—, yo quería recompensarte con esta linda bolsita. Y le mostró una bolsita llena de moneditas de oro.

—Un momento —dijo el zapatero—, yo no vi nada, pero debes saber que los ciegos tienen muy desarrollados sus otros sentidos. Cuando me vendaron los ojos, súbitamente se me desarrolló el sentido del olfato. Creo que por el olor podría reconocer la casa a la que me llevaron. —Y agregó—: Véndame los ojos y sígueme. Me guiaré por mi nariz.

Así se hizo. Con su nariz al frente fue el zapatero oliendo todo. Detrás de él iba el ladrón número treinta y nueve. Hasta que se pararon frente a una casa.

—Es ésta —dijo el zapatero—. La reconozco por el olor de la leña que sale de ella.

—Muy bien —respondió el ladrón número treinta y nueve—. Haré una marca en la puerta para que pueda guiar a mis compañeros hasta aquí y cumplir nuestra venganza amparados por la oscuridad de la noche.

Y el ladrón hizo una cruz en la puerta. Después, ladrón y zapatero se fueron cada cual por su camino. Pero Luz de la Noche había visto todo. Entonces salió a la calle y marcó la puerta de todas las casas con una cruz igual a la que había hecho el ladrón. Tras ello se fue a dormir muy tranquila.

—Jefe —dijo el ladrón número treinta y nueve cuando volvió a la guarida secreta—, con ayuda de un zapatero descubrí la casa del que sabe nuestro secreto y ahora puedo conducirlos hasta ese lugar.

—¿Aun en la oscuridad de la noche? ¿No te equivocarás de casa? —preguntó el jefe.

—No, porque marqué la puerta con una cruz.

—Vamos —dijeron todos.

Y blandiendo sus alfanjes se lanzaron a todo galope.

—Ésta es la casa —dijo el ladrón número treinta y nueve cuando llegaron a la primera puerta del pueblo.

—¿Cuál? —preguntó el jefe.

—La que tiene la cruz en la puerta.

—¡Todas tienen una cruz! ¿Cuántas puertas marcaste?

El ladrón número treinta y nueve casi se desmaya. Pero no tuvo tiempo porque el jefe, enfurecido, le cortó la cabeza. Y, sin pérdida de tiempo, ordenó el regreso. No querían levantar sospechas.

—Alguien tiene que volver al pueblo, hablar con ese zapatero y tratar de dar con la casa.

—Iré yo —dijo el ladrón número treinta y ocho.

Y fue, encontró la casa del zapatero, y éste se hizo vendar los ojos. Le señaló la casa y el ladrón número treinta y ocho hizo una cruz en la puerta. Pero de color rojo y tan chiquita que apenas se veía. Después zapatero y ladrón se fueron, cada cual por su camino.

Pero Luz de la Noche vio todo y repitió la estratagema anterior: en todas las puertas de la vecindad marcó una cruz roja, igual a la que había hecho el bandido.

—Jefe, ya encontré la casa y puedo guiarlos ahora mismo —dijo el ladrón número treinta y ocho cuando volvió a la roca mágica.

—¿No te confundirás? —dijo el jefe.

—No, porque hice una cruz tan pequeña, que solo yo sé cuál es.

Y los treinta y nueve ladrones salieron a todo galope.

—Ésta es la casa —dijo el ladrón número treinta y ocho cuando llegaron a la primera puerta del pueblo.

—¿Cuál? —preguntó el jefe.

—La que tiene esa pequeña cruz colorada en la puerta.

—Todas tienen una pequeña cruz colorada en la puerta —dijo el jefe de los bandidos. Y le cortó la cabeza. Después el jefe dijo—: Mañana hablaré yo con ese zapatero.

Y ordenó el regreso. Al día siguiente, el jefe de los ladrones buscó al zapatero. Y lo encontró. Y el zapatero se hizo vendar los ojos. Y lo guió. Y le mostró la casa. Pero el jefe no hizo ninguna cruz en la puerta ni otra señal. Lo que hizo fue quedarse durante diez minutos mirando bien la casa.
—Ahora soy capaz de reconocerla entre diez mil casas parecidas.

Y fue en busca de sus muchachos.

—Ladrones —les dijo—, para entrar en la casa del que descubrió nuestro secreto y cortarle la cabeza sin ningún problema, me disfrazaré de vendedor de aceite. En cada caballo cargaré dos tinas de aceite sin aceite. Cada uno de ustedes se esconderá en una tina y cuando yo dé la orden, ustedes saldrán de la tina y mataremos al que descubrió nuestro secreto y a todos los que salgan a defenderlo.

—Muy bien —dijeron los ladrones.

Los caballos fueron cargados con las tinas y cada ladrón se metió en una de ellas. El jefe se disfrazó de vendedor de aceite y después tapó las tinas.

Esa tarde los treinta y ocho ladrones entraron en el pueblo. Todos los que los vieron entrar pensaban que se trataban de un vendedor que traía treinta y siete tinas de aceite.

Llegaron a la casa de Alí Babá y el jefe de los ladrones pidió permiso para pasar.

—¿Quién eres? —preguntó Alí Babá.

—Un pacífico vendedor de aceite —dijo el jefe de los bandidos—. Lo único que te pido es albergue, para mí y para mis caballos.

—Adelante, pacífico vendedor —dijo Alí Babá.

Y le dio albergue. Y también comida, y dulces y licores. Pero el jefe de los ladrones lo único que quería era que llegara la noche para matar a Alí Babá y a toda su familia.

Y la noche llegó. Pero resulta que hubo que encender las lámparas.

—Nos hemos quedado sin una gota de aceite —dijo Luz de la Noche—, y no puedo encender las lámparas. Por suerte hay en casa un vendedor de aceites; sacaré un poco de esas grandes tinas que él tiene.

Luz de la Noche tomó un pesado cucharón de cobre y fue hasta la primera tina y levantó la tapa. El ladrón que estaba adentro creyó que era su jefe que venía a buscarlo para lanzarse al ataque, y asomó la cabeza.

—¡Qué aceite más raro! —exclamó Luz de la Noche, y le dio con el cucharón en la cabeza.

El ladrón no se levantó más.

Luz de la Noche fue hasta la segunda tina y levantó la tapa, y otro ladrón asomó la cabeza, creyendo que era su jefe.

—Un aceite con turbantes —dijo Luz de la Noche.

Y le dio con el cucharón. El ladrón no se levantó más. Tina por tina recorrió Luz de la Noche, y en todas pasó lo mismo. A ella y al que estaba adentro. Enojadísima, fue a buscar al vendedor de aceite, y blandiendo el cucharón le dijo:

—Es una vergüenza. No encontré ni una miserable gota de aceite en ninguna de sus tinas. ¿Con qué enciendo ahora mis lámparas?

Y le dio con el cucharón en la cabeza. El jefe de los ladrones cayó redondo.

—¿Por qué tratas así a mis huéspedes? —preguntó Ali Babá.

Entonces Luz de la Noche quitó el disfraz al jefe de la banda y todo quedó aclarado. Como es de imaginar, los ladrones recibieron su merecido.

Y eso fue lo que pasó con ellos.

En cuanto a Alí Babá, dicen que al día siguiente fue a buscar algunas monedas de oro a la roca, y que cuando llegó no encontró nada: la roca había desaparecido, con tesoro y todo.

Pero ésta es una versión que ha comenzado a circular en estos días, y no se ha podido demostrar.
FIN

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